Amanecer del 14 de septiembre de 1.941 en la Colonia San Pedro del Atuel. Varias descargas de armas de fuego atronan el aire y rompen la serenidad que precede a la salida del sol. Una mujer llora con dos niñas aterradas en sus brazos.

«….Basta Coscia, basta !!», grita el subcomisario Paeta desde lejos. «Bueno, no tiro más!!», exclama el oficial. Y guarda su arma en la cintura. En la puerta del rancho, abatido por el tiro de gracia o ensañamiento y tendido en la semipenumbra del alba yacía Francisco Bravo. Nombre adoptado del muerto que supuestamente le aseguraba cierta incógnita pública en la calma del ámbito familiar y del prestigio adquirido como campesino milagrero de la humilde comarca ribereña en el sur mendocino. Que acaso conjuraba un arcano que suponía el cambio y la abolición de un turbulento y tumultuoso pasado.

Pero claro, suele ser que no puede abolirse el pasado, sencillamente porque se viaja portándolo. Es lo que ha hecho o padecido el hombre en el escenario terrenal desde su aparición en el. Porque al pasado se lo construye como a las pirámides sobre mastabas sucesivas. Sin perjuicio de retornos; de imperceptibles continuidades o de recurrencias fatales, como la circunstancia que nos ocupa.

Solía contarnos Hugo Chumbita, que esa secuencia de pocos días que termina con el trágico epílogo de aquella mañana, había comenzado con el presagio de la esperada tormenta el día de Santa Rosa, cuando en Jefatura, se recibió un telegrama cifrado de un antiguo compinche, El Ñato Gascón, – como el bíblico Judas-, confirmaba la delación de persona y lugar. A cambio de su propia impunidad por pellejerías pasadas. Fue barata la transacción y se la concedieron.

Es que en ciertos sectores de la policía pampeana sospechaban que detrás del chacarero Francisco Bravo campeaba el vero nombre, genio y figura de quien había avergonzado y tenido a maltraer a las policías bravas de varias provincias y territorios. Una comisión de oficiales tiñosos por pasadas afrentas del réprobo partió inmediatamente a la jurisdicción mendocina. Sus pesquisas y estrategias fueron casi clandestinas de las autoridades del lugar. La consigna era de hierro en la cofradía que viajó de paisano expresamente para no dejarlo escapar. Incluso a costas de muerte.

El epílogo sangriento del mito que había nacido a balazos en La Pampa, fue digno de su leyenda hasta el momento final. Las andanzas maravillosas de un vindicador individual amigo de los pobres, invencible, inalcanzable porque se mueve dentro del mito que realza las aristas de veneración. Y el persistente recuerdo en tradiciones familiares y populares. De relatos en humosas cocinas y fogones de las travesías puesteras. En recatadas milongas nombradoras que se entonan al trotecito pasuco de las vihuelas bardinas que son definitiva, la carnadura y fibra del pueblo que lo protegió.
Tal vez, si no hubiera mediado la mano felona del Ñato Gaston, genuflexa y codiciosa al felón adversario que determino, que decidió la tragedia. Si simplemente el pampeano hubiese sido apresado, afrontado juicio, expuesto en estrados y sufrido cárcel, su imagen posiblemente nunca hubiera salido de las crónicas policiales o periodísticas ; del picadero circense o de los radioteatros sobreactuados .

La experiencia que relata la Divina Comedia por la caminata por las gradas, abona la idea que los momentos se tocan y se interpenetran entre muertos y vivientes. Acaso -me pregunto hoy- si en aquel momento supremo del salto al vacio, Juan Bautista Bairoletto tuvo la experiencia dantesca de enhebrarse en el hilo del tiempo para ser lo que le depare el arcano, que esta en los que viven y en los recuerdos de las expectativas del muerto.

 

Por José C. Depetris  (La Arena)

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