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Cuáles son los efectos del duelo en el cuerpo y la mente

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Mary-Frances O’Connor dirige el laboratorio de duelo y estrés social de la Universidad de Arizona (Estados Unidos). En diálogo con Infobae, la experta describió cómo actúa el cerebro al perder a un ser querido, cuál es su impacto en los niños y qué modificó la pandemia 

Como criaturas sociales que anhelan fuertes lazos con la familia y los amigos, los seres humanos establecen vínculos que pueden convertirse en la parte más gratificantes de su vida. Pero tener relaciones sólidas también significa la posibilidad de experimentar una pérdida. El duelo es uno de los procesos más difíciles que enfrentan las personas en la vida. Aquellos que han perdido a un ser querido conocen el sentimiento de tristeza abrumadora y angustia que parece brotar desde lo más profundo del cuerpo. 

La manera de entender por qué el duelo se siente de ese modo requiere recurrir al lugar de las emociones: el cerebro. Mary-Frances O’Connor es profesora adjunta en la Universidad de Arizona, donde dirige el laboratorio de duelo, pérdida y estrés social. Allí investiga los efectos del duelo en el cerebro y el cuerpo. Se trata del único laboratorio de esta especialidad en Estados Unidos y es referente a nivel mundial de esta disciplina. 

Su libro El cerebro de luto: la sorpresiva ciencia de cómo aprendemos sobre el amor y la pérdida, propone un análisis neurocientífico sobre cómo se adaptan las personas a la vida después de la pérdida. “Cuando mi madre murió —relató en diálogo exclusivo con Infobae que se realizó por Zoom—, aún no era una experta en duelo. Alguien me había recomendado que fuera a ver a un consejero y dije, en la primera sesión: ´bueno, ella murió. ¿Qué más se puede decir?´ Sin embargo, 20 años después he escrito un libro completo”. 

Por otra parte, la pandemia del COVID-19 agregó un factor distintivo al duelo: el distanciamiento social. Este impidió el acompañamiento normal del proceso de la muerte, complejizando la aceptación de la pérdida de un ser querido. Por eso, dijo la especialista, esta etapa “terminantemente” impuso un duelo diferente. 

—Sugiere que el dolor y el duelo definen dos sensaciones distintas, ¿podría explicarme esas diferencias? 

—El duelo es esa ola que simplemente te derriba, es el sentimiento que cambia con el tiempo sin desaparecer nunca. Es la respuesta natural a la pérdida. Si abro un cajón y me encuentro con la firma de mi madre, 20 años después de su muerte, es posible que todavía me deshaga en lágrimas. Pero ese dolor no es el mismo al que era 20 años antes. Aún cuando el dolor no es grato, si esperamos no volver a sentirlo, podemos comenzar a preguntarnos si en realidad estamos mejorando o si nos estamos adaptando de la forma en que se espera que lo hagamos. 

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—Si todos crecemos sabiendo que nos vamos a morir, ¿por qué cuando arriba ese momento todo se ve tan difícil? 

—La muerte es un subproducto del amor. Cuando nos vinculamos con otra persona el cerebro codifica la creencia de que siempre estarán ahí y nosotros para ellos. Por eso es que las separaciones eventuales cotidianas no ponen en peligro la continuidad del vínculo. Pero en los casos en los que un ser querido muere, el cerebro contrapone el hecho de recibir la noticia frente a la habitualidad de la presencia, esos dos flujos de información entran en conflicto durante mucho tiempo. Eso es lo que hace pensar a las personas que quien falleció va a aparecer en cualquier momento. 

—¿Qué sucede entonces en el cerebro? 

—Claramente saben que esa expectativa es irracional, aunque es real para ellos. Más allá de las cuestiones religiosas personales, desde la neurociencia consideramos que el cerebro es una máquina de predicción. Está ahí para predecir lo que está a punto de suceder para que uno pueda prepararse para ello. Debido a esto, siempre estamos viviendo en dos mundos al mismo tiempo: el tiempo predicho de nuestro cerebro y el real, que, en algunas circunstancias, no coinciden. 

—Usted hizo la primera visualización por escaneo cerebral de personas en duelo, ¿qué la sorprendió en esa investigación? 

—En principio que las personas necesitan hablar y lo hacen con bastante naturalidad. Es común a todos que si van a contar algo del amor de su vida, te enseñan fotos. Así que en nuestra investigación escaneamos fotos que las personas nos trajeron y tomamos palabras de las historias que nos contaron sobre su pérdida, y las proyectamos en los anteojos que usaban en el escáner. Así que, literalmente, teníamos imágenes de a qué reaccionaba su cerebro cuando cada uno miraba fotos individuales de su ser querido perdido, lo cual era un poco usual en ese momento. Por lo general, intentaríamos tener estímulos estandarizados para todos. Pero es una experiencia tan personal que se sintió importante. Una de las cosas de las que nos dimos cuenta es que el duelo involucra un montón de cosas diferentes que el cerebro está procesando al mismo tiempo. Eso incluye algunas cuestiones que se podrían esperar, como los recuerdos o ser capaz de tomar la perspectiva de otra persona. Pero otras que implican una especie de codificación del yo y el otro, incluso cómo regular el ritmo cardíaco. 

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—El duelo es difícil de racionalizar 

—Muy difícil. En muchos sentidos, los lugares en los que los seres humanos tropiezan es donde el cerebro tiene sesgos o información contradictoria, por lo que inventamos la mejor historia que podemos para darle sentido. El duelo es una situación en la que estamos exactamente en esta posición, solo que es tan universal que no pensamos en ella de esa manera. El cerebro es muy complejo. Y en realidad podemos estar usando dos flujos de información al mismo tiempo. Un aspecto de la memoria está repasando los momentos que pasamos con el ser querido, mientras que otro aspecto transita la realidad de su ausencia. A la vez tenemos que pensar en el vínculo. El cerebro humano crea un vínculo cuando un sujeto se convierte en padres o cónyuge. Ese vínculo es muy fuerte y viene junto con algunas creencias. Una de ellas es la que mencionábamos antes de que el cerebro cree que existirá siempre. Cuando ese lazo se rompe, aparecen los dos flujos de información. Por un lado, el cerebro sabe que se ha ido. Pero por otro lado, cree que va a llegar a cenar. Eso puede ser muy confuso para las persona. Le toma mucho tiempo al cerebro poder corregir y recalcular todas las emociones que eso significa. 

—¿Entonces las células cerebrales deben hacer un cambio físico para adaptarse al escenario post duelo? 

—Es interesante analizar un experimento simple: si a un ratón se lo coloca todos los días en un espacio con una pieza de Lego y se repite la experiencia varios días, cuando se le quita la pieza y se lo introduce en el sitio, conserva como una suerte de un rastro fantasma de ese bloque. Lo está esperando. Algunas de sus neuronas se activan automáticamente en el sitio en donde debería estar el bloque. Eso persiste durante varios días. Trasladar esto a la cercanía de una persona que se ama, que está en nuestras vidas, con la que hacemos, pensamos y planeamos una vida, todo eso desafía al cerebro que, literalmente, tiene que crear un nuevo cableado para comprender lo que está sucediendo. 

—¿Qué ocurre con los cerebros de los niños ante estas situaciones? 

—Se afligen como los adultos. Para sus cerebros es importante incorporar experiencias y aprendizajes. Los adultos debemos preocuparnos porque adquieran una visión de la vida que incorpore la muerte. Encontrar un ave muerta en la plaza puede ayudar a abrir preguntas que trazarán sinapsis en el cerebro de los niños. Ellos tendrán más herramientas para lidiar con los duelos cuando les toque. ¿Que significa este pájaro inerte en el suelo? ¿Qué sentimos al verlo? ¿Qué rituales tiene nuestra familia cuando alguien muere? Las historias de lo que hicieron las personas que nos precedieron nos dan pistas de algunos caminos posibles. 

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—En una de sus investigaciones asegura que las personas con espiritualidad responden mejor al duelo. ¿Ha detectado razones científicas que respalden esa afirmación? 

—Creo que el secreto está más allá de la espiritualidad en sí misma. Se ubica más bien en lo que ser espiritual involucra. Por ejemplo: sabemos que una persona religiosa vive su credo en comunidad. Entonces, sabemos científicamente que quienes están acompañados transitan el duelo de manera más ágil. 

—¿Cambió la manera de transitar el duelo a partir de la pandemia? 

—Terminantemente si. Ha habido mucha discusión sobre el duelo. Pero lo que sabemos es que por cada persona que ha muerto, hay alrededor de nueve seres queridos que quedan, que son sobrevivientes. Entonces, nos estamos acercando 9 millones de personas que están en duelo agudo sólo en Estados Unidos. Tener a tantas personas que estén pasando por eso simultáneamente es muy complejo. Por lo general, cuando perdemos a un ser querido, tenemos a otros a nuestro alrededor que no están pasando por esa experiencia en las que podemos apoyarnos. Ahora tenemos una situación bastante inusual en la que estamos lidiando con muchos tipos de dolores, pero incluso si nos enfocamos sólo en el duelo, estamos lidiando con muchas muertes. Como investigadora del duelo, mi interés se centra en parte en por qué las circunstancias de la pandemia podrían ser más difíciles para las personas que están de duelo El cerebro se basa en flujo de información. En situaciones normales podemos acompañar los procesos de muerte, aún en un accidente repentino hay una ceremonia, un encuentro de allegados. Todo esto colabora con las sinapsis cerebrales para aproximarnos a la realidad, pero en pandemia muchos de esas circunstancias han cambiado debido al distanciamiento social. 

—Está procesando datos de esta experiencia justo ahora, ¿verdad? 

—Sí, es lo que estoy investigando en este momento. Tengo una serie de encuentros muy conmovedores. Una mujer de 70 años que dejó a su esposo bastante saludable en la sala de emergencias, que tenía tos y algunos problemas para respirar, y luego, debido a que no se le permitió estar en el hospital, lo siguiente que supo fue que había muerto. Esa es una circunstancia muy inusual. El problema es que no le da a nuestro cerebro la oportunidad de comprender lo que está sucediendo mientras atravesamos la experiencia. 

 

—¿Atravesamos una especie de duelo colectivo? 

—Es una experiencia tan universal. Creo que es inusual en un sentido cultural. A veces olvidamos que el duelo es una disparidad de salud: el 65% de todos los niños que experimentan la pérdida de un cuidador asociado con COVID en Estados Unidos son de una minoría racial o étnica. Este es un momento muy desafiante, confuso. La experiencia del duelo no suele ser lo que la gente espera. Hay ira, pensamientos intrusivos, no se puede dejar de pensar en eso. Es bastante normal. La gente muchas veces tiene el deseo de hablar de su experiencia, de tratar de poner en palabras lo que significa. Recomiendo comunicarse especialmente con las personas que pueden haber tenido su propia experiencia para ayudarlos a entrar en una etapa de duelo curativo. 

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