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Muchas son gratuitas, o ya vienen con el celular. Algunas pueden ser controladas sin necesidad de introducirlas en el celular. También son usadas por empresas para vigilar a sus empleados.

En la Web y las tiendas de aplicaciones para celulares proliferan las apps para espiar el teléfono de otra persona. Escuchar las llamadas, localizar la ubicación, acceder a los Whatsapp, tomar fotos de forma remota y acceder a las claves personales son algunas de las funcionalidades que ofrecen muchos de estos programas que transforman a cada usuario, en general a las mujeres, en una posible víctima. Si bien muchos de estos programas son ofrecidos para control parental, la mayoría son utilizados para espiar a las parejas, en una época donde la privacidad se ha vuelto sospechosa y difusa.

“Apps para celosos”, “mirá todo lo que hace tu pareja con el celular”, o “descubrí si tu pareja es infiel”, son las formas que toma en la web la difusión de estas aplicaciones que, aun en los casos que son legales, su uso constituye un delito. Las más simples son herramientas de control parental o antirrobo, a las que los usuarios les dan otro destino: el espionaje.

En la mayoría de los casos, quien va a espiar necesita tener acceso al celular de su víctima al menos una vez para bajar alguna de las aplicaciones. Por eso hay quienes previendo alguna dificultad, lo regalan a su pareja o a quien quieren controlar con alguna app espía ya instalada.

Las apps pueden ser legales pero su utilización suele quedar fuera de la ley.

La abogada feminista Raquel Hermida Leyenda explicó que si bien el espionaje telefónico también lo realizan mujeres, la mayoría de las denuncias que lleva adelante están relacionadas con hombres que tratan de controlar qué hacen sus parejas o ex parejas mujeres por medio del celular, las redes sociales y el mail.

“Tuve diferentes casos. En uno, un señor le enviaba fotos íntimas de su ex pareja a todas las relaciones laborales de ella con el fin de destruirla no solo emocionalmente sino económicamente. Otro, conocía todas las conversaciones que mantenía su ex pareja, y otro le vació el sueldo por haber accedido a la contraseña. En cualquier caso, mujeres que de pronto ven toda su intimidad tomada”, contó la letrada.

Al mismo tiempo, sostuvo que a diferencia de las mujeres, que cuando son espiadas, lo son por sus parejas o exparejas, cuando los hombre son los agredidos y violados en su intimidad, por lo general, hay alguna organización mafiosa detrás.

“En el caso de las mujeres son agresiones individuales. Una invasión donde a la mujer no solo le hackea el celular sino la pc casera para vigilarla. La violencia de tipo cibernética en relación con las mujeres es muy grande, es un combo que tiene violencia de género porque viene acompañada de amenazas económicas, y amenazas coactivas: si no hacés esto te publico una foto o mando Whatsapp a tus contactos. Nunca es solo un control. En muchos casos, cuando empieza una separación dejan instalado un programa para vigilarlas. La tecnología termina siendo una herramienta más de la violencia, un método que genera una violencia diferente. El violento usa la tecnología y las redes como un instrumento más para expresar su violencia.”

“Hay mujeres que tienen que cambiar de celular a cada rato. Ellos necesitan controlarte y que sepas que estás controlada. El control por sí mismo no les interesa. Lo que les da poder es tu miedo”.

Gratuitas o pagas, las apps que se ofrecen son numerosas y permiten desde la básica geolocalización al clonado del celular. De leer los contenidos de los Whatsapp a saber si la persona utiliza alguna red de citas como Tinder, Grindr o Badoo. Recopilar historiales de llamadas, mensajes de texto y acceder a mails y las redes sociales.

“Hay mucho fraude en estas aplicaciones que se anuncian como para controlar a tu pareja y ver qué contactos tiene y con quién habla. Terminan siendo programas maliciosos que espían al espía”, alerta, por otro lado, Gustavo Sain, especialista en delitos informáticos y director de la diplomatura en Cibercrimen de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, al mismo tiempo que advirtió que es ilegal ingresar en el celular de otra persona sin su consentimiento.

En tiempos de hiperconectividad digital, hace rato que la privacidad dejó de ser una cuestión privada. Una compleja configuración en la que se mezcla la vocación de los usuarios por ventilar sus vidas en las redes, las aplicaciones que utilizan y que a su vez son usadas por las empresas como recursos para hacer negocios con los datos personales, y la tendencia de terceros a inmiscuirse de forma intencional en la vida de otros vulnerando su intimidad, cristalizan en ese pequeño aleph que son los celulares, que nueve de cada diez personas en la Argentina llevan consigo, según estadísticas de 2018.

“Algunas tienen una finalidad comercial y están ejecutadas por algunas empresas proveedoras de servicio de Internet en el marco de modelo de negocios que usan las empresas para vender datos, y otros, más complejos, son pagos orientados a espiar a otras personas, generalmente son programas comerciales. Algunos utilizan los programas de control parental, que no dejan de ser programas espías, para geolocalizar. Otros más complejos permiten clonar todo el celular, acceder a los Whatsapp, tomar fotos de forma remota y grabar conversaciones. Es decir, hay programas más o menos intrusivos”, detalló Sain.

El especialista advirtió que sobre todo las app de descarga gratuita prometen ciertas funcionalidades que no cumplen porque en realidad terminan funcionando como espías para la propia empresa que los provee para comercializar los datos del que descargó la aplicación.

“Otros te dan un reporte que va desde el recorrido que hizo la persona, qué conversaciones mantuvo, a qué hora, y la ubicación. Están los keyloggers, una aplicación espía instalada en un dispositivo que registra todo lo que teclea un usuario con el fin de obtener las credenciales de acceso o claves. Por eso son importantes los teclados electrónicos a la hora de ingresar contraseñas. Y programas muy avanzados que no requieren ningún acceso al celular, con una pc y el número de teléfono se los puede intrusar”. Y remarcó que “las claves son personales y no tiene que ver con la confianza familiar ni de pareja, es una clara violación al derecho a la intimidad de una persona además de un acto de violencia simbólica claro en el marco de una relación de pareja”.

Según explicó Sain, el delito informático es de baja denuncia judicial, representa el 0.05 por ciento del total de los delitos denunciados, y generalmente cuando la víctima hace la denuncia por espionaje de parte de su pareja o ex pareja es porque ya hubo violencia física y psicológica atrás de eso y la causa se caratúla por un delito más grave, por lo cual no se puede discriminar en forma oficial la estadística de este tipo de violencia.

 

Por Nicolás Romero / Página 12

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