Julio Aro es un ex combatiente de la Guerra de Malvinas. También es autor del “Proyecto ADN” para lograr las identificaciones de los soldados argentinos caídos en combate y que fueron sepultados en las Islas. En esta ocasión, a 37 años de la guerra, escribió una carta de lo que significa este día para él.

En este nuevo 2 de abril, Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, mi mochila está más liviana. Me refiero a la mochila que cargo desde 1982 con el peso de la guerra, con su euforia, locura y decepción. La misma mochila que siguió aumentando su carga en la posguerra, con la indiferencia, el rechazo, el estrés postraumático, los suicidios de compañeros y amigos de Malvinas.

Esa carga que durante años amenazó con doblar mi espalda, en 2008 comenzó a aliviarse con mi primer viaje a Malvinas para encontrar al joven Julio que había quedado allí, y sobre todo comenzó a perder peso con mis visitas al cementerio de Darwin, donde pude homenajear, de forma solitaria, a cada uno de los héroes allí enterrados. Llorar allí me hizo muy bien, y ya dejé de sentirme solo, sentí que mis compañeros me abrazaban.

De esa primera visita, no puedo dejar de recordar el impacto al ver la cantidad de tumbas con la placa “soldado argentino solo conocido por Dios”. Si yo quedé conmovido frente a esa realidad, ¿cómo se sentirían los familiares?. Me pregunté entonces si eso se podría cambiar. Y si, se pudo cambiar.

El camino de la devolución de identidades de nuestros caídos fue largo y sinuoso. Por momentos muy oscuro, pero el impulso de las primeras madres que se sintieron ilusionadas ante solo pensar en la posibilidad de saber cuál era la tumba de su hijo, iluminaba esa ruta que por momentos pareció interminable, pero al mismo tiempo ese andar permitió que se sumen personas con intención de apoyar esta causa, no de cuestionarla.

Así se pudo concretar este feliz presente, con 112 identificados, solo 10 restan, y no bajamos los brazos, tratando que no quede ninguno de este solido y concreto proyecto humanitario sin identidad.

Regresé muchas veces más a Malvinas, pero ya no voy solo. Mis últimos viajes fueron con familiares que ahora tienen una tumba para descargar el peso de sus propias mochilas. Cuando los veo en Darwin, confirmo que valió la pena tanto esfuerzo.

Por eso este 2 de abril puedo decir que mi espalda está casi recta, la mochila de Malvinas ha perdido casi todo su peso, y al mismo tiempo siento una energía renovada para seguir luchando por la causa Malvinas, sin claudicar nuestros legítimos reclamos, soñando con la recuperación pacífica de ese territorio de nuestra Patria. (Télam)

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