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A poco más de un año de haber dejado de ser el brazo ejecutor del poder kirchnerista en el Senado, Miguel Pichetto, parece liberado de ataduras. Ahora se atreve a plantear cuestiones alejadas de lo “políticamente correcto”. Lo hace en su estilo, despojado de sutilezas.

“No me importa que me digan xenófobo”, se ataja ante una pregunta de Clarín. Está convencido de que la altisonancia con la que instaló la polémica de la inmigración le permitió abrir un debate sobre un asunto de interés público. Fue a fines del año pasado cuando el legislador sentenció, en un programa de TV, que «las principales villas de la Argentina están tomadas por peruanos» y «todo el mes de noviembre el Hospital Rivadavia está ocupado por ciudadanos paraguayos».

«El problema es que nosotros siempre funcionamos como ajuste social de Bolivia y ajuste delictivo de Perú, es interesante el tema. Perú ha resuelto su problema con la seguridad, ha transferido a todo el esquema narcotraficante. Las principales villas de la Argentina están tomadas por peruanos, y por argentinos cómplices, no quiero tampoco discriminar», sostuvo Pichetto en aquel entonces.

Durante la charla con Clarín, busca deliberadamente ventilar otro, en este caso para tratar de derribar pedestales de su partido. Insiste en que debe dejar de ver la política como un bien conyugal. Y no oculta que en la definición incluye los vínculos de Juan Perón con Evita e Isabel, así como la de Néstor Kirchner con Cristina. Cuenta que Teresa, su esposa desde hace 38 años, lo sabe desde el día en que siendo intendente de Sierra Grande trató de meterse en su gestión. Con todo, llevó a su hija Carolina a trabajar en su despacho en el área de protocolo. Y a su hijo varón, Juan Manuel, le inoculó el bichito de la militancia: fue ministro de la Producción en Río Negro y por 2 puntos no llegó a intendente de Viedma.

l padre dice que “de la derrota se aprende”. Si lo sabrá él, que tropezó dos veces en el intento de gobernar su provincia adoptiva. En 2007 le ganó Miguel Saiz, radical K; y en 2015, su ex aliado provincial Alberto Weretilneck. Si vale de consuelo, desde 1983 el peronismo sólo gobernó Río Negro los 20 días que duró el mandato de Carlos Soria hasta su asesinato.

Pichetto se confiesa frustrado por la meta que ya no buscará. Al punto que se mudó a Buenos Aires. Ahora viaja esporádicamente al Sur, sobre todo para descansar en su casa del balneario El Cóndor, de playas amplias y desérticas cercanas a Viedma. Dice que no competirá más por una banca de legislador, aunque insinúa oblicuamente la ilusión de llegar a vicepresidente algún día. Es cuando rememora la defección de Julio Cobos con el voto “no positivo” en sus propias narices.

“El vicepresidente siempre fue una figura muy complicada en la Argentina”, comenta. Y sigue: “Se requiere de mucha experiencia, mucha sabiduría, que sepa cuál es el rol que tiene que cumplir. Por eso los americanos son inteligentes y eligen para el cargo a senadores de larga trayectoria”. Pichetto cumplirá 18 años en el Senado cuando finalice su mandato, en 2019.

Por sus costumbres, se nota que la política le absorbe las 24 horas. Hasta los libros y las series que consume responden a esa temática. Asegura que su imagen pública pinta su modo de ser. Con bordes recortados en el estoicismo, aconseja que el comportamiento de la dirigencia política sea “menos emocional”.

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