Pepo

La marginalidad, las adicciones, la condena por robo, la cárcel. Y la fama, el éxito, el dinero. Todo eso se hizo película: “Pepo, la última oportunidad”. Y de todo eso habló con Teleshow el cantante que lo superó todo

Su historia se volvió película: Pepo, la última oportunidad. Porque para muchos es un ejemplo de superación, y hasta un fenómeno de estudio.

Rubén Castiñeiras (42) es El Pepo. Un hombre que transitó el derrumbe en las drogas, seis años en prisión, noches descontroladas y una lenta recuperación. Se hizo conocido por su “cumbia peposa” que arrasa en los boliches de todo el país, y ahora saborea el éxito.

Hoy, El Pepo habla desde su mejor versión. Lleno de vitalidad repasa su historia, desde que dejó el Penal de Ezeiza tras seis años de condena por tentativa de robo calificado, hasta la profunda tristeza que le causó la muerte de su padre.

—¿Cómo estás después de ver tu película? ¿Es lo que esperabas?

—Sí. Estoy con mucha ansiedad, mucho entusiasmo, esperando el estreno que tanto se demoró. Bueno, por fin podemos estrenarla este 29 de marzo en todos los espacios INCAA del país. Y se va a estrenar acá, en el Gaumont. Así que…

—¿Que mensaje que querías dar?

—El mensaje que tratamos de llevar adelante siempre ¿no? En cada nota, en cada lugar donde vamos tratamos de dar un mensaje alentador: que uno puede estar muy mal pero siempre hay una salida. Solamente hay que buscarla, hay que ponerle garra.

—Vos sos el ejemplo de eso.

—Sí. Quizás hay un montón de pibes también que lo pudieron hacer, pero no tienen las cámaras que tiene Rubén Darío Castiñeiras, qué sé yo. Yo conozco un montón de chicos que están en mí misma situación poniéndole garra todos los días para poder salir adelante, para poder dejar de consumir, para poder conseguir un trabajo, cosa que a la gente que estuvo detenida le cuesta muchísimo.

—¿Por qué le cuesta más?

—Por los prejuicios. Y por la burocracia que hay en el sistema, ¿no? Que una persona con antecedentes es mal vista, y es la última a la que se puede llegar a llamar para un trabajo legal, como quien dice.

—¿Tuviste que cargar muchos prejuicios cuando saliste de la cárcel?

—No, yo gracias a Dios no. Primero, porque no les paso cabida. Segundo, tuve la oportunidad, estando detenido, de poder ir rearmando mi vida con algo como lo que estamos haciendo ahora, con gente que me dio una oportunidad como Pablo y Adrián Serantoni, que confiaron en mí con todos los antecedentes que yo tenía y con todos los años que había estado detenido.

—¿Qué creés que vieron en vos cuando te ofrecieron todo esto?

—Y… las ganas de estar bien, las ganas que le ponía y que le pongo a lo que veníamos armando. Ellos me dijeron: “Es todo según cómo estés vos. Si vos estás bien, vas a tener nuestro apoyo; si vos estás mal, vas a tener que luchar por tu vida”.

—¿Es una lucha diaria?

—Todos los días, todos los días.

—El famoso “Solo por hoy”, es cierto.

—Es cierto. Solo por hoy. Fuerza y adelante. Son todas cosas que a uno le van quedando de todas las etapas que va cumpliendo día a día para no caer en las adicciones nuevamente, no caer en la tentación de tener algo que no lo puedo tener, si no esforzarme para poder tener lo que yo quiera tener.

—Debe ser impresionante venir del penal, de la cárcel, y de repente verte en una pantalla grande en un documental. De la nada, a todo.

—Yo lo comparo constantemente con un montón de cosas. Vamos a suponer: soy hincha fanático de Racing, y anteayer hablaba con mi representante de cuando veníamos de la cancha. Qué loco, digo yo, que hace cuatro años estaba viendo los partidos por una televisión en un pabellón y el martes me abrió la puerta de la cancha el presidente de Racing, ¿entendés?

—Claro.

—Y que te traten de la manera que me tratan en todos lados a donde vamos, con el cuidado que nos tratan, con el respeto que nos tratan… Es muy lindo porque ves que lo que venís haciendo hay gente que te lo reconoce, que valora el esfuerzo que hacemos, nosotros, yo y los pibes de la banda.

—De ver en el penal partido de Racing a que te reciba el presidente de Racing: ¿qué hubo en el medio? ¿Cómo se logra eso?

—Uno logra eso por la transparencia de uno, por la sinceridad, porque yo no te vengo a vender ningún personaje, no te quiero vender nada. Yo te cuento cómo es mi vida, cómo fue mi vida y cómo quiero que sea mi vida en base a esfuerzo. El pasado ya está, es un pasado. No me voy a llenar de culpa por lo que hice porque sino, la culpa no me deja progresar.

—¿En algún momento te persiguió?

—Sí, un montón de años. Eso me hacía no dejar de consumir. El jugarme en la culpa, en la comodidad, en un montón de cosas que me hacían mal.

—¿Cómo es la mente de un adicto?

—Tu vida se vuelve prisionera, no tu mente solamente, tu vida. Dependés de la sustancia, tu vida es la sustancia, nada más. Por lo menos en mi caso era eso, ¿no? No había otro motivo de vida que consumir pasta base.

—¿En qué momento llegás a eso? ¿Cómo empezaste, cómo te introdujiste en ese mundo?

—Yo decía cuando estaba en terapia, estando detenido, que fue el peor negocio que hice en mi vida. Venía mal: yo venía consumiendo cocaína, marihuana, pastillas, alcohol, y dejé de consumir un montón de cosas para consumir pasta base.

—¿No se puede mezclar?

—No, no. Es como que yo dejo la cocaína, está bien, pero agarro esto. Eso fue como hundirme más en el lodo. Y después no pude salir más. Hasta que bueno, estando detenido empecé a ver una luz por allá adelante y bueno, vamos ahí.

—¿Cómo te das cuenta que sos un adicto?

—Cuando tomo conciencia de que es una enfermedad y no un pasatiempo, algo que lo podes solucionar cuando vos querés, que la piloteás. Es el famoso “Yo la piloteo”, que es el peor autoengaño que te podés hacer. Y cuando te ves en una situación como la que me vi yo, preso, mal, y mirando la película de cómo había llegado a estar preso. Y me confirma mi adicción: “Soy un adicto, me tengo que recuperar porque me voy a morir”. Y yo pensaba que me iba a morir fumando pasta base. Tenía pensado eso, que algún día iba a aparecer muerto.

—¿Pero porque lo hacías muchas veces?

—Por la depresión que tenía. No veía salida, no veía otra cosa que consumir. Y bueno, hasta que empecé a ver otra cosa, como te decía, vi una luz allá y me aferré a esa luz que en mi caso se llamó Víctor Hortel, bajo la gestión de Cristina. Ellos hicieron un lindo proyecto para la población carcelaria de los penales federales. Me dieron la oportunidad de armar un taller, un grupo de música. Y eso me fue enderezando, eso me fue…

—Te fue sanando, limpiando.

—Me fue sanando. Me fue haciendo agarrar confianza en mí, de vuelta. Que podía volver a escribir, que lo que yo había escrito en su época para mi grupo anterior había pegado y que yo era capaz de poder hacerlo de vuelta. Solamente me tenía que poner a hacerlo, tenía que dedicarle mi tiempo.

— ¿Toda esa confianza, todo eso que vos habías construido de chico, en ese momento se rompió?

—Sí, la adicción te seca. Te seca el corazón, te seca la mente, te seca el cuerpo, te seca todo, los sentimientos. Y después, cuando vos empezás a querer enderezar tu vida es como que te cuesta reencontrarte con todas esas cosas nuevamente. Porque las tenías allá, olvidadas en el cajón de los recuerdos, y tenés que empezar a buscar, a disfrutar de otras cosas, a ver qué es lo que te gusta.

—Conocerte a vos mismo también, me imagino.

—Recordar qué cosas te hacían bien. Qué es lo que vos disfrutabas. Qué era lo que te divertía. Y bueno, empecé a enfocarme en la música que es lo que me gusta a mí, el fútbol, el jugar a la pelota, el empezar a hacer un montón de cosas que yo de chico las disfruté mucho. Ir a la cancha con mi viejo era una salida espectacular y yo por las drogas había dejado hasta de ir a la cancha.

—Pero teniendo todas esas cosas lindas ¿no? Ir a la cancha, los amigos. ¿Por qué llegas a caer ahí? ¿Uno lo hace una vez por diversión y después…?

—Sí, por querer ser como los pibes más grandes quizás. O por probar otras cosas. Empezás con esto, con esto, con esto, y cuando te queres acordar tenés un problemón que no sabes cómo solucionarlo, ¿entendés? Y la mejor solución para evitar el problemón era ir a consumir. Y siempre tapabas el problemón con el consumo y el problemón cada vez se iba inflando más. Hasta que explota el problemón y te encontrás muerto, en un hospital o en una cárcel. No hay otra salida para las adicciones. A no ser que puedas tener una oportunidad, que la aproveches y que entregues tu vida a la vida.

—Tu papá en un momento de la película cuenta que el sábado a la noche lo reconocías, y el domingo ya era como un desconocido.

—Sí, como que no… Ya no estabas a la altura de la familia, estabas a la altura de un adicto, entonces no hablás, porque el adicto quiere decir eso, que no habla. Adicto quiere decir no habla, que no hablás. Y por ahí la comunicación con tu familia, la comunicación que tenés, es la que ellos te reclaman que vos te pongas bien, y vos decís que estás bien y que todos te quieren volver loco. Pero no, al que menos escuchás es al que te quiere de verdad, vos escuchas siempre a los demás: “Eh, qué bien que estás”, “Vamos, joda, joda, joda”, y después, ¡uff! Se borran todos. Queda la familia nada más, ¿no? Queda el viejo, la vieja.

—¿Esas amistades fueron desapareciendo a medida que vos ibas estando mal?

—Las amistades buenas las fui alejando yo y las amistades malas las fui acercando yo. Después, bueno, el laburo de alejarlas de vuelta y acercar a las amistades buenas, las que te quieren, y rodearte de esas. Porque ellos mismos no dejan entrar a los malos, ¿entendés? Ellos mismos te cuidan, tus propios amigos.

—¿En la cárcel te hiciste amigos?

—Tuve un montón de amigos, sí.

—¿Te seguís viendo con ellos?

—Me veo con algunos, con otros hablo por teléfono. A otros no los veo. A otros no los quiero ni ver.

—¿Te hiciste enemigos también?

—No, enemigos no. Pero entregás mucho para lo que vos creés es una amistad y depositás una confianza en ciertas personas, le das la oportunidad que te dieron a vos, y no la aprovechan. Al contrario, te quieren meter en más problemas, te mienten. Y a mí no me tenés que mentir, ¿entendés? Yo soy un pibe igual que cualquiera y si yo te estoy dando una mano, no me mientas. Pero también pasan otras cosas. El otro día estuve en un show de Ulises Bueno y me encontré con (Pablo) Migliore, el arquero, y me dijo unas palabras re lindas. Yo estuve con él detenido en Ezeiza. Y esas cosas son las que te dicen: “Bueno, hiciste bien las cosas y las estás haciendo bien, no te vuelvas loco, no le des bola a los envidiosos y seguí haciendo lo que estás haciendo que estás bárbaro”, ¿entendés?

—”En los barrios humildes los pibes buscamos zafar, por las cosas raras a mí me tocó ganar, gané plata, gané fama, pero al final perdí”.  Pero, ¿de qué cosas tienen que zafar ahí, en el barrio?

—De un montón de injusticias quizás, de un montón de cosas que ves en la tele, ¿no? Que hay muchos que tienen muchísimo y otros que no tienen para comprarle un par de zapatillas al nene de un año. Hay gente que en los barrios humildes no delinque, trabaja, busca trabajo, y sufre, y le cuesta todo mucho el doble. Y nosotros tenemos que zafar de eso, vos buscas zafar de esa depresión que vos ves que tiene tu familia, ¿entendés? Que tu familia por ahí no se puede ir de vacaciones, labura todo el año y el mes que está de vacaciones o los 15 días que le dan de vacaciones se la pasa trabajando en casa, o haciendo una changa porque no le sirve quedarse de vacaciones. Entonces, de todas esas cosas vos decís: “Yo no quiero eso para mí”. Y hay muchos pibes que por ahí eligen el camino más corto, que es el más malo. Y otros eligen el camino del laburo, de esforzarse, de estudiar, de llegar y ser alguien, por más que te cueste el doble. Ese es el camino que hay que agarrarPero hay otros que no, hay otros que nos desviamos, sea por una adicción o por un “Yo quiero ser yo el capo del barrio”, y muchas veces no sos consciente de lo que puede traer eso.

—¿Hay muchas tentaciones en el camino, muchas cosas que te hacen perder el foco?

—Y sí, porque vos ves la televisión y siempre te venden todo lo más lindo. Y los nenes y los pibes quieren tener lo más lindo. No solamente el pibe que vive adentro de un country que tiene la posibilidad de ir a un cine, al teatro, a un circo, a la cancha, a lo que quiera, a ver cualquier espectáculo; puede tener esa oportunidad. En realidad, todos tendrían que tener esa oportunidad. Pero no es así el mundo, el sistema no es así. Lamentablemente hay pobreza que le sirve al gobierno de cada lugar, le sirve la pobreza, le sirve la droga, le sirve la delincuencia, le sirve, todo lo malo le sirve. Entonces hay un gran cinismo global de que “vamos a hacer esto, vamos a hacer lo otro…”.

—Y no se hace.

—Y después son muy pocos los gobiernos que tratan de dar una mano o que se embarran las patas, como quien dice.

—Vos que transitaste los dos mundos, el del estar en el barro y el de ahora estar en la televisión, ¿qué reflexión haces de ambos?

—Que en el barrio vos vivís una realidad y en la televisión esa realidad es otra. Yo no le creo a los políticos o la gente que dice “Yo camino la calle”. No te veo nunca en la calle, nunca te crucé en la calle, no conozco a nadie que te haya cruzado en la calle o no conozco a nadie que haya visto embarrándote las patas en González Catán, ¿entendés?Yo veo ese cinismo.

—Quizás ahora compartís una mesa con ellos, y cuando los escuchás decir este discurso…

—Me río. Me río porque no andan por la calle, no tienen idea lo que le pasa a la gente. Y vos para saber qué corno hacer tenés que curtir el lugar. Caminarlo, ¿entendés? Qué sé yo, no solamente para cuando son las elecciones tenés que ir en un camión a decir “Yo camino la provincia”. Porque me están diciendo que quieren una buena educación para el país pero están pensando en cerrar escuelas en el Delta porque generan un gasto. Entonces ese cinismo a veces es el que a uno lo enoja, a uno lo deprime, a uno lo hace hacerse mala sangre por los que lo sufren de verdad. Nosotros gracias a Dios podemos tener un plato de comida a la mañana, al mediodía, a la tarde y a la noche, pero hay gente que no tiene un plato de comida en ninguna de las comidas. Que lo tienen que salir a pedir a un comedor o tienen que ir a comer a una Iglesia. Entonces estamos hablando de comida. Si no tenemos para comer, estamos mal.

—¿Podrías contar la anécdota de la película, sobre cómo enfriaban las cosas?

—Muchos de los lugares donde vos estás no hay heladera, no hay freezer, y entonces, viste cómo es el argentino, se da maña para todo (risas). Bueno, ahí se trababa el botón del baño, lo trababas con un encendedor, quedaba trabado y eso hacía girar el agua. Entonces vos ponías en una bolsa, trababas la botella que querías enfriar, yogurt, agua, gaseosa, lo que quieras que tengas para enfriar, y lo dejabas enfriando ahí toda la noche, quizás. Entonces te levantabas a la mañana y tenías agua fría.

—Como padre, ¿cómo haces para que a tu hijo no le suceda lo que te sucedió a vos?

—Nunca tuve un hijo adicto. Pero viendo cómo se manejaron mis viejos, quizás yo tengo una visión de que los padres no están preparados para curar a un hijo adicto. Quizás a veces los padres no saben lo que es en realidad lo que le puede hacer bien. Quizás ellos en su afán de hacerte un bien te hacen un daño, ¿entendés? Entonces hay que ser muy cuidadosos con eso. Antes no se podía hablar de drogas, era un tema tabú, ¿entendés? Hoy está todo mucho más abierto, entonces las charlas con los hijos pueden ser de otra manera. Ya sea de sexo, de droga, de delito, de un montón de cosas: hoy se puede hablar más abiertamente con los hijos. Antes para decirle a tu papá que fumabas un cigarrillo la careteabas mil años porque “me va a retar, me va a…”.

—Antes de empezar la nota me comentabas que tu papá fue tu mejor amigo.

—Estando detenido me di cuenta que mi mejor amigo fue siempre mi papá. Que fue el que siempre me dijo cómo eran las cosas, el que me enseñó cómo caminar la calle, cómo respetar, cómo vivir la vida de una buena manera respetando siempre al otro. Uno, después elige otro camino. Pero me di cuenta que con todo eso que viví con mi papá, ese era mi mejor amigo, no un pibe del barrio. Mi mejor amigo siempre fue mi viejo. Y nunca me había dado cuenta yo, hasta que me di cuenta.

—¿A qué edad te diste cuenta?

—Y…. hace cuatro años, cuando se me fue. Tres años.

—¿Te dolió mucho?

—Muchísimo. Muchísimo porque me hubiese gustado que disfrute un poco de verme así, de que lo disfrute un poquito más. Pero me hubiese gustado que esté personalmente, que viva esto de poder ir al cine a ver una película de su hijo. Que pueda volver a ver a su hijo cantando bien. Que pueda volver a ir a la cancha con su hijo. Esas cosas me quedaron como para poder volver a hacerlas. Y bueno, qué va a ser…

(Infobae)

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