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¿Quién pensaba hace veinte años que un aficionado que salía a correr podría necesitar un entrenador? “Los entrenadores son para los profesionales”, todos pensaban. Si la economía lo permitía, algunos empezaban a contratar personal trainers. Alguien que nos guíe y nos motive para hacer actividad física.

Pero pasaron los años y ya no era solo salir a correr, las carreras se volvieron populares y todos empezaron a inscribirse. Una carrera, dos carreras, 10 Km, claro, luego 21 Km, y luego el maratón. Todos buscando mejores marcas, perfeccionar los rendimientos, competir contra uno mismo de verdad.

Entonces la pregunta se volvió universal: ¿Se puede correr maratones sin un entrenador? La respuesta es que poder, se puede, pero no es aconsejable, no es seguro, no se debería. Un 10 Km puede parecerse a un trote largo. Salvo que se busque correr al máximo, entonces se necesita un chequeo médico completo, un tiempo de experiencia y una guía profesional para entrenar también.

Correr es simple, al menos eso parece. Correr de verdad no lo es tanto, participar de una carrera es todavía más complejo. Trabajamos personalizados, series, cuestas, fondos, elongación, funcional… Un entrenador sabe y puede guiarnos.

Pero basta con hablar con aquellos que empezamos a correr e incluso llegamos al maratón sin tener un entrenador. Los consejos de internet siempre aportan. Las charlas con corredores también, aunque todos ellos derivan del conocimiento de un experto.

Un plan de entrenamiento impreso en un libro no sirve para cualquier corredor. No somos todos iguales. Cuando surgen las dudas, ¿a quién se consulta? Yo corrí muchas carreras antes de tener un entrenador. Tuve suerte, no me lastimé. Pero corrí demasiadas carreras, me divertí, la pasé bien y sin lesionarme llegué hasta el primer maratón.

Y allí, claro, encontré el límite. Nunca más repetí ese error. A mi segundo maratón fui con el consejo de un entrenador profesional. La diferencia fue abismal. Sin entrenador sufrí, la pasé muy mal, entrené mal y arranqué mal la carrera.

Terminé como pude, por pura cabeza, pero pude pagar un precio muy alto. Un año más tarde, el mismo maratón, lo corrí con la guía de un entrenador. Al pasar el arco de mi segundo maratón lo hice con una sonrisa, feliz, sabiendo que había tomado la mejor decisión del mundo al entrenar con un entrenador. Les aconsejo que hagan lo mismo.

Por Santiago García.

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