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Sociedad. Parejas: el precio de quedarse en el conflicto

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El psiquiatra y sexólogo Walter Ghedin explica las consecuencias de acostumbrarse a vivir en crisis

 

Las parejas, a lo largo de su historia vincular, pasan por diferentes situaciones críticas. Algunas de estas crisis son simples y otras más complicadas; por lo tanto, una de las primeras cosas que debemos hacer es dimensionar la problemática, es decir, no ahogarnos en un vaso de agua frente a circunstancias de pronta resolución y reflexionar y buscar alternativas para las más complejas. 

Los problemas desafían a los vínculos afectivos a desarrollar recursos de afrontamiento que, cuando son eficaces, retroalimentan la unión en forma positiva. Sin embargo, no siempre es así: muchas parejas se quedan en el centro de la tormenta sin poder salir. 

Aparecen discusiones por cualquier tema, casi siempre olvidables, que no merecen ninguna atención especial. El problema no es el dato que provoca el enfrentamiento, sino la incapacidad para encontrar formas de salida, o sea, dar respuestas nuevas a situaciones archiconocidas. 

Así se construyen puentes de interacción inamovibles, sujetos a la repetición permanente. La costumbre es reproducir las mismas conductas como si fueran hábitos, respuestas condicionadas. La secuencia de discusiones es la “punta del iceberg” que oculta formas naturalizadas de relación (de sus familias de origen) y la incapacidad para generar nuevas. 

 

De esta manera, si no hay un deseo de cambio, las interacciones patológicas pueden mantenerse así toda la vida. Hay una claudicación de las posibilidades de salida y lo único que se logra es la reiteración de los mecanismos con la consiguiente vivencia de fracaso. 

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Los beneficios del conflicto 

La dificultad para solucionar los problemas, aunque parezca extraño, tiene sus beneficios. Estas uniones buscan inconscientemente que nada cambie, ya que si así sucediera sería una instancia difícil de abordar: ¿qué hacemos ahora que estamos mejor?, ¿que podemos acordar sin discutir?. 

Acostumbrarse a vivir en la crisis es, paradoja mediante, lo conocido y seguro. Saber que cada uno reaccionará de la misma manera y de esa misma manera será la resolución es una compensación, una forma de equilibrio inestable para el vínculo. 

Y así como el vínculo se acomoda a ese estatus también existe un refuerzo para cada uno de los miembros de la pareja: “le dije lo que le tenía que decir”, “yo se que tengo razón”, “él tiene el problema: no sabe escuchar”,“yo sé que cuando se calme me va a pedir perdón”, etcétera. 

Las pulseadas por el poder, por tener la razón cuando los puntos de vista son tan diferentes, llevan a una lucha inagotable. Esta contienda termina en un desgaste emocional superlativo y, además, potencia la actitud defensiva para futuros desacuerdos. 

Pensemos que así como se cierra la percepción para ver un panorama más amplio y promisorio, se incrementa el estado de alerta como si el otro fuese una amenaza. Y la defensa del vínculo queda de lado. Creemos que discutimos por algo que compete al vínculo cuando en realidad cada uno protege su «sí mismo». Es una defensa del yo personal, más que una postura vincular que ayude a disipar el desacuerdo. 

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Las decisiones personales en el ámbito de la pareja 

En estas disputas no se escucha al otro, se escucha aquello que es una amenaza. Por ejemplo: una mujer plantea que necesita ayudar a su familia de origen por una contingencia que están atravesando, la respuesta del hombre es “siempre estás con ellos y nunca tenés tiempo para estar conmigo”. 

Y la respuesta de la mujer es “¿qué decís?, si cuando quiero estar con vos hacés algún programa con otros, incluida tu familia”. Y así las discusiones se reiteran sin cesar. Es una competencia que escala sin escucharse. En este ejemplo, puede ser que las situaciones sean reales, que ella necesite ayudar a la familia y que él crea que ella no le dedica el tiempo suficiente. Sin embargo, la aparente necesidad de cada uno impide que encuentren un punto de acuerdo. 

No se escuchan, traen situaciones del pasado que agravan la actual y, finalmente, cada uno defiende su postura. ¿Qué pasaría si ella evidencia su responsabilidad sobre su familia de origen o él incentivara acciones para estar juntos? 

A veces las parejas comunican no asumiendo las responsabilidades de sus actos, sino que “piden permiso” al otro para hacerlo. Y en ese “permiso” se activan las desigualdades. Una cosa es comunicar, buscar acuerdos, ser honestos; acordar cuando existen disensos, pero acordar al fin. 

 

En un vínculo sexoafectivo se movilizan aspectos personales y se generan códigos flexibles de interacción. Este equilibrio entre lo personal y vincular es saludable para que la relación no se convierta en un sistema de apego dependiente. 

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1 COMENTARIO

  1. Amar es una decisión que se toma cada día. No es fácil el matrimonio. Pero los frutos son muchos. Es más sencillo pegar un portazo e irse que afrontar las dificultades juntos.

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