- Por Valeria Vidal
No. La obesidad es una enfermedad crónica y multifactorial.
Esto quiere decir que no existe una única causa. Intervienen factores genéticos, biológicos, ambientales, sociales, emocionales, familiares, económicos, el sueño, la actividad física, la disponibilidad de alimentos y muchísimos otros factores. Entonces tenemos que abandonar frases como: “Este chico come demasiado.” “No tiene voluntad.” “Es porque vive comiendo golosinas.” “Que cierre la boca.”
Porque además de ser una mirada demasiado simplista, puede generar vergüenza, culpa y estigmatización.
Un niño no debería sentirse culpable por su cuerpo. Nuestro objetivo como adultos tiene que ser acompañarlo a construir hábitos que favorezcan su salud.
LA CASA Y LA FAMILIA: EJE DEL TRATAMIENTO DE LA OBESIDAD INFANTIL
Cuando trabajamos con un niño que presenta obesidad hay una pregunta que considero fundamental: ¿Podemos pedirle a un niño que cambie sus hábitos si el ambiente en el que vive no cambia? Y la respuesta es bastante clara: es muy difícil. Por eso, una de las ideas más importantes que quiero dejar hoy es esta: Cuando hablamos de obesidad infantil, la familia no acompaña simplemente el tratamiento. La familia ES PARTE del tratamiento.
LA CASA PUEDE FACILITAR O DIFICULTAR EL CAMBIO
Pensemos en algo sencillo. Le decimos a un niño: “Tenés que comer más fruta.” Pero abre la heladera y no hay fruta. Le decimos: “Tenés que tomar más agua.” Pero en cada comida hay gaseosa o jugo sobre la mesa. Le decimos: “Tenés que comer menos galletitas.” Pero abre la alacena y tiene cinco paquetes diferentes. Le decimos: “Tenés que moverte más.” Pero nadie de la familia realiza actividad física y todos pasan horas frente a pantallas. Entonces… ¿realmente el problema es que ese niño “no tiene voluntad”? No.
Estamos pidiéndole que luche permanentemente contra su propio entorno. Por eso, en el tratamiento de la obesidad infantil, una de las intervenciones más importantes es trabajar sobre el ambiente de la casa. No se trata de convertir la casa en un lugar lleno de prohibiciones. Se trata de lograr que la opción saludable sea también una opción fácil y disponible.
¿QUIÉN DECIDE CUÁNTO COME EL NIÑO?
Acá aparece otro tema interesante. Como adultos podemos organizar: qué alimentos ofrecemos, cuándo los ofrecemos, dónde comemos y cómo organizamos ese momento. Pero también tenemos que ayudar al niño a reconocer sus propias señales de hambre y saciedad.
Evitemos “Terminá todo lo que tenés en el plato.” “Una cucharada más por mamá.” “Si terminás la comida te doy el postre.” “Si te portás bien te compro un chocolate.” Porque cuando utilizamos permanentemente la comida como premio, castigo o negociación, también estamos enseñando una determinada relación con ella.
Queremos que progresivamente el niño pueda reconocer: “Tengo hambre.” “Ya estoy satisfecho.” “Puedo dejar comida si ya no tengo hambre.” No queremos que aprenda a comer exclusivamente porque un adulto le dice cuánto tiene que comer.
UNA CASA SALUDABLE NO ES UNA CASA DE PROHIBICIONES Y acá quiero aclarar algo importante. Modificar el ambiente familiar no significa vaciar la alacena y prohibir todo. No significa: “Desde mañana nunca más una galletita.” “Se terminaron los cumpleaños.” “Nunca más helado.” “Nunca más pizza.” Eso tampoco construye una relación saludable con la alimentación.
Una alimentación saludable tiene que permitir flexibilidad.
El objetivo es cambiar la frecuencia y el lugar que ocupan determinados alimentos. Una cosa es que una golosina aparezca ocasionalmente. Otra es que sea la opción automática todos los días porque es prácticamente lo único disponible.
La pregunta no debería ser: “¿Cómo hago para que mi hijo nunca coma esto?” Sino: “¿Qué alimentos predominan habitualmente en nuestra casa?”
NO HABLAR DEL CUERPO TODO EL TIEMPO
La familia también construye la imagen corporal. Por eso tenemos que cuidar muchísimo las palabras. “Mirá qué gordito estás.” “Tenés que bajar esa pancita.” “Tu hermano puede comer porque es flaco.” “Vos no comas más porque vas a engordar.” Aunque parezcan comentarios inocentes, pueden generar vergüenza y estigma. Y también tenemos que observar cómo los adultos hablamos de nosotros mismos delante de los chicos. “Estoy horrible.” “Estoy gordísima.” “Mañana no como porque hoy me pasé.” “Esto engorda.” Los chicos escuchan. Y van construyendo su propia relación con el cuerpo y la comida a partir de esos mensajes.
En casa necesitamos hablar menos de peso y apariencia y más de: salud, energía, crecimiento, fuerza, descanso, movimiento y bienestar.
LA ACTIVIDAD FÍSICA TAMBIÉN PUEDE SER FAMILIAR
Otro error frecuente es decir: “Este chico necesita hacer ejercicio porque tiene obesidad.” Entonces lo anotamos en algún deporte que quizá ni siquiera le gusta. Pero… ¿qué pasa si empezamos a pensar el movimiento como parte de la vida familiar? Salir a caminar. Ir a la plaza. Andar en bicicleta. Bailar. Jugar a la pelota. Nadar. Pasear al perro. Hacer alguna actividad juntos. Y acá cambia nuevamente el lenguaje. En lugar de: “Salí a caminar porque tenés que bajar de peso.” Podemos decir: “Vamos a caminar juntos.” Una cosa es sentirse señalado. Otra cosa es sentirse acompañado.
LAS PANTALLAS TAMBIÉN SON UN TEMA FAMILIAR
Muchas veces escuchamos“Mi hijo está todo el día con el teléfono.” Pero… ¿cómo usamos el teléfono los adultos? ¿Comemos mirando una pantalla? ¿Hay televisión prendida durante toda la cena? ¿Nos acostamos todos con el celular? ¿Hay momentos familiares sin pantallas? Nuevamente, no podemos pedirle al niño algo que ningún adulto está dispuesto a hacer. la mesa como espacio libre de pantallas. No solamente para el niño. Para todos.
Un niño con obesidad no necesita ponerse a dieta, Necesita una familia que construya junto a él un entorno más saludable
*Lic. en Nutrición




















